lunes, 13 de octubre de 2008

AHORA UN POEMA...

Cómo me hubiera gusta que vinieras y me raptaras,
que me llevaras a la luna o al café de enfrente,
a cualquier parte,
siempre y cuando fuera entre tus brazos.

¡Qué difícil es pensar una ilusión que se hace incierta conforme va tomando forma!
A veces avanza y se clarifica,
pero otras, se queda en eso,
en una abstracción lejana, inmutable y hasta dolorosa.

¿Hasta cuándo podré dejar que no me atormente una ilusión y probar su sabor a realidad?

MUSA DE MUSAS...

martes, 7 de octubre de 2008

UN CUENTO...PARA EMPEZAR....

BUSCANDO A LA MUSA (1997)

No es que fuera muy importante, ni siquiera porque fuéramos los grandes amigos, sin embargo ahí estaba,parado desde hacía media hora bajo el insistente rayo del sol, sin comer ni siquiera un tentempié y, para colmo, sin haber dormido nada desde la noche anterior, por el velorio.
La vida de Sarah no había sido, de hecho, sorprendente, era más bien un montón de contradicciones almacenadas en un cuerpo frágil, que al fin había acabado de explotar. Dos docenas de anfetaminas, otras tantas de barbitúricos y otra más de algo que parecían aspirinas, fue la dosis mortal que acabó por fin con su inquietante vida.

Volviendo un poco atrás, creí recordar el día en que nos conocimos. Sarah estaba plantada como siempre, inmensa en su amplio traje azul a rayas, que la hacía ver más esbelta que de costumbre, aunque un tanto masculinizada, como a ella siempre le gustaba verse. Tomaba insaciable copa tras copa de champaña y unas cositas pequeñas y olorosas (que creo que eran canapés), mientras colocaba su mano derecha entre los labios sosteniendo un habano. Era sumamente franca, especial, con una irradiante luz interna, que se apagaba sólo cuando se le hablaba de su infancia, de su madre despótica o de sus preferencias sexuales insatisfechas.

Siempre quiso saber qué se sintía ser hombre, les tenía franca envidia: sus manos anchas y fuertes, sus músculos marcados, sus miembros que se alzaban valerosos, como espadas para una batalla más, sus valentías de hierro, o al menos eso pensaba ella, y su encantadora seducción. Pero no sólo por eso quería ser hombre, en realidad, pienso yo, lo que más le gustaba eran las mujeres, esos seres de exquisitas formas, con encantadores cabellos y perfumes inquietantes; en verdad que la volvían loca.

-En realidad, Julio, me gustan mucho las mujeres- decía abanicándose descompasadamente el cuello, el rostro y el cabello. No se tú -continuaba-, pero se me asemejan las personitas más encantadoras: esas formas, esos labios, ese cabello que envuelve como serpientes de Medusa, tan excitante y tan peligroso, creeme Julio, quiero hacerle el amor a una mujer.

-Y, ¿por qué no lo has hecho?- pregunté yo, más que por curiosidad, por fastidio.

-Es que, en realidad, tengo miedo. Sé que todos, mi círculo de amistades, mi familia, mis amantes y todo mundo me cree heterosexual, normal, pues. Y no sé qué harían si se enteraran que ardo de ganas de cogerme a una vieja, simplemente no lo sorportarían y, francamente, yo tampoco.

-Pero jamás te ha afectado lo que digan o hagan los demás- afirmé yo, ya un poco más entusiasmado con tales revelaciones.

-Sí, sí, lo sé. Pero esto definitivamente es diferente. No quiero que me juzguen mal, no quiero perder todo el presitigo que he conseguido. Bastante con tener que cargar a cuestas con mi locura, como todavía decir que me gustan las mujeres.

Eso me recordó que en alguna ocasión había oído por ahí, en casa de Svetlana Kléckova, amiga íntima de Karla y mía (por supuesto), que ésta última había estado un buen tiempo confinada en una institución psiquiátrica; no porque estuviera realmente "loca", no, en realidad no. Lo que había sucedido es que, después de algunos intentos fallidos de suicidio (por lo menos cuatro), en uno de los cuales se había tratado de intoxicar con "aspirinas", su familia decidió que era suficiente, y que ya no la aguantaban más, ni a ella ni a sus locos intentos por quitarse la vida. Así que decidieron recluirla en el psiquiátrico, en donde se gastó más dinero por cosas innecesarias que por su recuperación. Al parecer, engañó a todos, como siempre lo había hecho. Es verdad que estaba enferma, alterada, que era depresiva, pero también era sumamente inteligente, tanto que había engañado a doctores, enfermeras y demás ingenuos que creyeron que era una "loquita" más.

-¿De verdad?- pregunté despertando de mi ensoñación- yo no te juzgaría mal, al contrario, yo también he pensado cosas similares.

-¿En serio?, a ver, a ver, cuéntame qué pasó- preguntó súbitamente, como olvidando la melancolía que había impregnado a sus palabras.

-Bueno...déjame pensar un poco- dije un tanto titubeante, ya que en realidad lo había dicho con el propósito de que se sintiera mejor. Pero, francamente, jamás había tenido sentimientos similares por alguien de mi género, así que decidí inventar la mejor mentira que nunca había hecho jamás.

-...es realmente excitante- continue-, es un sentimiento tan puro y maravilloso como el que se siente por el primer amor o cuando tienes tu primer encuentro íntimo con tu novio de la adolescencia. No hay nada de qué avergonzarse, creeme-. Lo dije un tanto de verdad y un tanto de mentira, ciertamente no era un amor muy "puro", pero si muy excitante, aunque yo jamás lo haya experimentado.

-Pues, no sé, no sé, creo que tienes razón, pero la gente jamás lo aceptaría- exclamó suspirando y pidiéndole a Venus que le hiciese el favor de encontrar pronto a su "musa".

Después de ese encuentro, un tanto lleno de sinsabores y de especulaciones vagas, no volví a saber mucho de Sarah. Era una mujer extraña. Cuando no estaba escribiendo, estaba intentando conquistar a una mujerzuela en uno de esos clubes de lesbiana. Cuando no estaba totalmente alcoholizada, estaba tan sobria y lúcida como un rabino en Shabbat. Sí, realmente era una mujer extraña, pero también era una mujer desesperada. Siempre buscó alguien que la quisiera, fuera hombre o, en este caso, mujer, aunque lo último más difícil que lo primero.

Dos semanas antes de su deceso me la encontré en un bar cercano a Coyoacán. Portaba lentes obscuros, una camisa a rayas, pantalones de lana gris, chaqueta que hacía juego y, por supuesto, sus infaltables habanos. Tomaba un café, o al menos eso parecía de lejos; de cerca se podía adivinar que tenía "piquete". Me senté de frente a ella para poder admirarla mejor. Se podría decir que, a pesar de su extrema delgadez, era una mujer con cierto encanto. Tenía unos ojos muy extraños, místicos, podría decirse; una boca delgada pero sensual (cuando se la pintaba), una nariz delgada y recta y una figura que asemejaba una de esas pinturas de Remedios Varo.

Aún con el atuendo masculino se veía interesante. Como la gran diva que solía ser, todas las miradas se plantaban en ella, como preguntándose: ¿quién es esa mujer? Aunque yo agregaría, ¿quién es ese ser inquietante, hermafrodita, excitante?, o qué sé yo. Pero, en todo caso, eran sólo miradas masculinas, jamás la tan esperada mirada dulce y delicada de una fémina.

-Y tú, ¿qué estás haciendo por aquí?- preguntó, dándole un largo sorbo a su taza de café con un chorrito de brandy.

-Viendo qué me encuentro- contesté escuetamente.

-Y me encontraste a mí- replicó.

-Así es.

-Y qué, ¿te ha ido bien?- preguntó sin mucho interés.

-Sí, no puedo quejarme, y tú, ¿ya encontraste a tu musa?

-Si, creo que la encontré- contestó con una sonrisa en la boca.

Y, al parecer, había sido cierto, por lo menos en parte. Había conocido hacía como dos días a una bella chica, como de veinte años, con una figura deliciosa, encantadora y, además, era modelo de una prestigiosa agencia, con algunas pretenciones de actriz. Y, sí, como lo había pensado, era lesbiana. Vivía con una "amiga" (más bien su amante) en un departamento de la colonia Del Valle, pero al parecer había tenido un disgusto con ella y Sarah, la siempre bienhechora Sarah, la había invitado a pasar una temporada en su casa. Y, así las cosas, ya llevaba dos días con ella, dos días en los que, por fin, Sarah había encontrado a su musa, su anhelada ilusión.

Pero ésta le duró poco, como todos los sueños, y dos días antes de la muerte de Sarah, la linda modelo se había reconciliado con su amante y había abandonada a su nueva amiga. Tal y como estaban las cosas, Sarah era de aquellas que jamás perdonaban las ofensas, pero también le afectaban sobre manera, y dado sus antecedentes depresivos, decidió que su vida no podía ya continuar.

A eso de las 2:00 p.m. bajan al ataúd. Svetlana, su gran amiga, arroja el último puño de tierra. Lágrimas recorren sus mejillas, lágrimas de arrepentimiento, de cariño, de deseo tragado a la fuerza. Su gran amor se ha ido, aunque Sarah ya no lo sabrá jamás.

D.R. MÉXICO. 2007